martes, 12 de mayo de 2026

Filme sobre la vida de Virginia Grütter, 1995.




Hoy quise volver a esa pintura, a su forma auténtica de vivir la vida. La directora Quinka Stoher decía: “Son demasiadas vidas para una sola película”.
Aquí, Virginia Grütter canta, cuenta, explica, recuerda; expande su luz hacia las oscuridades que atravesó, pero también ríe. Su fuerza se reconoce e inunda cada escena.
Película biográfica sobre Virginia Grütter, producida por la cineasta aficionada Quinka Stoher. Más fuerte que el dolor fue realizada en 1995, cinco años antes de su fallecimiento.



sábado, 9 de mayo de 2026

Solo el corazón responde



Solo el corazón responde

cuando la vida exige esas fuerzas
que uno saca de quién sabe dónde,
aunque a veces parezca
que al final también se cansa,
que late más despacio
como un bolero herido sonando en la madrugada.

Y entonces llega el aguacero,
o ese aire salino que trae el mar,
y me lava el rostro despacio,
como si quisiera salvarme de mí misma.
Me abre un camino seguro
hacia ese bosque tupido y espeso
que respira hondo,
que transpira una vida nueva
mientras yo intento volver a empezar.

En estos tiempos también anidan las aves.
Parecen perdidas cuando cruzan el cielo,
pero no lo están.
Ellas saben dónde posar el cansancio,
saben reconocer el tronco bueno:
fuerte, leal, seguro.
Y yo quisiera aprender de ellas,
quedarme donde el alma no tiemble,
donde la noche no duela tanto,
donde tu voz suene bajito
como un bolero antiguo
cantado en primera persona.


ehc, 2015

jueves, 7 de mayo de 2026

Dentro de ese gran mapa literario americano Mamita Yunai ocupa un lugar fundamental: no solo como testimonio de una época y de una realidad social marcada por la explotación bananera, sino también como una de las obras que contribuyeron a darle voz, memoria y conciencia al continente. Carlos Augusto León reflexiona sobre la narrativa latinoamericana como un vasto tapiz en el que cada escritor, con pulso firme y mirada encendida, logra capturar la esencia de su tierra.

 


 

Dibujo publicado en el periódico Trabajo, 1941

 

El venezolano Carlos Augusto León Arocha es un poeta, ensayista, pedagogo, periodista y político venezolano que escribió el prólogo a la edición mexicana de Mamita Yunai en 1957; ese mismo texto fue reproducido por la revista Cultura Universitaria de la Universidad Central de Venezuela como homenaje a la muerte de Carlos Luis Fallas, nuestro entrañable Calufa. Hoy se recupera por su indudable valor histórico y literario, así como por la vigencia de sus reflexiones sobre la narrativa latinoamericana y la realidad social del continente.

Se trata de una pieza notable tanto por su riqueza expresiva como por el cuidado de su prosa.




Carlos Luis Fallas y Mamita Yunai, Carlos Augusto León

En mayo próximo pasado, murió uno de los más notables escritores de nuestra América, Carlos Luis Fallas. Hombre de su pueblo, de pies a cabeza, sabía de la realidad social de Costa Rica, su patria  _y a través de ella de estos países hermanos en tragedias y “subdesarrollos “, en esperanza también_ no a través de libros de geografía, o de oídas, sino por haber practicado oficios humildes y convivido con “los que viven por sus manos”. En él las ideas revolucionarias no vinieron sino a manifestarle su propio ser, la verdad que había aprendido, “la verdad, terrible, vivida por el autor en las entrañas del monstruo verde”, como alguna vez dijera, captada en su mocedad de aprendiz en un taller de ferrocarril, de cargador en los muelles de Puerto Limón, luego en las inmensas y sombrías bananeras de la United , en la que por años hice vida de peón, de ayudante de albañil, de dinamitero, de tractorista, etc. Y allí fui ultrajado por los capataces, atacado por las fiebres, vejado en el hospital”. 

Carlos Luis Fallas fue siempre fiel a su gente y a su idea. Escribió en prosa fácil, directa como de quien narra en rueda de peones, o en sabrosa tertulia campesina, los hechos del día o de otros tiempos. Gran narrador popular, sin duda acrecentado por la claridad que llevaba dentro de sí, por su concepción y militancia revolucionarias. Nos dejó en “Mamita Yunai” un testimonio imperecedero; en “Gentes y gentecillas”, “Marcos Ramírez, aventuras de un muchacho”, “Mi madrina”, otras tantas obras vivas, francas, abiertas, como era él de franco, abierta el alma, “en el mejor sentido de la palabra, bueno”, recordando a Machado. 

Gran pérdida su partida, para Costa Rica, para América, para los pueblos todos. En homenaje a Carlos Luis Fallas, publicamos el prólogo que hiciéramos a la edición mexicana de “Mamita Yunai” en 1957 y un artículo de Antidio Cabal.                                                                                                                                     C.A.L


Por sobre la vasta tierra de América, rica en ríos y desiertos, en montañas y simas, tiende el hombre la hoja de los mapas. Allí vemos, en colores tomados por azar o en matices que dicen las alturas, una desnuda imagen del Continente. Más exacto sería _¿no es cierto?_, pintar cada país con el color de su fruto predominante de aquel que constituye en cada caso el núcleo de la riqueza nacional y también la veta donde más codiciosa penetran las manos extrañas. Frutos del _del árbol, de la mina, del mar_ que dan color a nuestra historia y a nuestra vida. Así Chile de cobre,; Venezuela, de petróleo y de hierro; México, de algodón, de plomo y de plata; Cuba de azúcar; Bolivia, de estaño…Curioso mapa sería ese; más veraz, sin duda, que el otro de bellos colores. Pero, aun así, no alcanzaría a reflejar todo cuanto encerramos, no sólo de rico mineral y flora fecunda, fauna generosa, sino también, lo que es más importante, de tragedia y de lucha y esperanza humanas. El mejor mapa de América, por eso, lo han hecho, lo están haciendo sus escritores, sus artistas. Yes inapreciable en este sentido la contribución de los novelistas. La Venezuela que ha pintado magistralmente Gallegos, la selvática Colombia de José Eustacio Rivera, la Argentina de Güiraldes, para empezar por los clásicos de la Novela latinoamericana, son otras tantas imágenes vivientes y cálidas de esos países. Y no olvidamos, por cierto, el México de Azuela. La obra de los más recios y sinceros novelistas posteriores ha venido completando poco a poco el mapa de América. Brasileños como Amado, ecuatorianos como Icaza y Gil Gilbert, Miguel Ángel Asturias de Guatemala, han contribuido _entre otros_ con obras valiosas. 

En el mapa que podría hacerse del Continente contemplando sus productos privilegiados, América Central estaría cubierta de la mancha verde de los cafetales y de las plantaciones bananeras. El plátano es allí fuente de riqueza y de desgracia, oro que no se goza, y que atrae la codicia extranjera.

De las primeras novelas americanas que nos hablaron esas “repúblicas bananeras” de Centroamérica, es esta Mamita Yunai que ahora, desde México, vuelve a asomarse al Continente.

No es nueva para nosotros Mamita Yunai.

A semejanza de otras obras valiosas, ésta recibió al comienzo la negación de presuntos entendidos. “No es novela”, dijeron en un concurso, en Costa Rica, patria de Carlos Luis Fallas, los miembros del jurado que habría de escoger obra que representase al país en un concurso americano. Y corresponde a Neruda _quien tanto ha contribuido al mapa humano de América, con su obra, con su Canto General especialmente_, el haber señalado la importancia de Mamita Yunai. 

Esta conocida novela para la cual se nos ha hecho el honor de escribir un prólogo, ha suscitado en nosotros algunas meditaciones. 

La Novela latinoamericana, en la cual cada autor ha pintado su propio pasaje, nos muestra la fisonomía de nuestras naciones, con las semejanzas y las diferencias que, entrelazadas, presentes siempre, las constituyen. La vida en las plantaciones de Mamita Yunai nos recuerda la selva bella y terrible de La Vorágineo en Canaima, de Gallegos. Aquí como en aquellas, está la naturaleza exuberante e indómita; se diría que sus grandes ramas verdes apresan a los hombres, a manera de gigantesca telaraña. (Prisión Verde, titula una novela el hondureño Amaya Amador). Tierras insalubres, en que se pudren los pies, donde las fiebres campean, hay en Mamita Yunai. Extrañas enfermedades se apoderan del purguero en la selva de Rivera y de Gallegos. Pero no es la naturaleza ni la enfermedad, la fuente del mayor sufrimiento humano. Lo que en las citadas novelas se presenta, a través de personajes siniestros, también en la obra de Fallas adquiere forma y cuerpos reales, tan reales como en la vida misma; es la explotación del hombre lo que realmente ensombrece y hace espantosa la naturaleza ubérrima. En Mamita Yunai es precisa y firme la denuncia. Ella impregna cada palabra, cada página y mantiene en un “crescendo” constante la justa ira encendida en el ánimo del lector. A manera de gigantesca araña, la compañía que ha deformado la economía de Centroamérica y perturbado su historia, la que es estorbo fundamental para el progreso de esos pueblos, la que ha pugnado por lanzarlos unos contra otros, la que arremetió contra Guatemala; esa UFCO siniestra, transformada en Mamita Yunai por la ironía popular, mueves sus patas oscuras y múltiples por sobre cada árbol y cada hombre. Mas, por obra de la actitud realista de Fallas, no hay esquematismo ni simplificación artificiosa en la novela. Está aquí la vida en su vasta complejidad y por ello por el trust extranjero. Problemas del indio preterido y del negro errante; corrupción política de capas sociales predominantes; migraciones humanas en pos de míseros jornales. Aquí también podría hablarse de semejanzas y diferencias con otras naciones americanas, Esos antillanos trashumantes, por ejemplo, esos “nicas” que emigran a Costa Rica en busca de trabajo, ese constante ir y venir de un país a otro centroamericano, los jornaleros de esas tierras, nos recuerdan a los “espaldas mojadas” de México.

Esta novela cálida, trepidante, es un trasunto de una vida de hombre popular. Es una narración semejante a las que el autor pone en los labios de sus personajes hundidos en los bananales. Él es uno de ellos; no los inventa ni altera porque no hace sino contar la propia aventura. Carlos Luis Fallas, de humilde origen, de madre campesina, era apenas adolescente cuando se marchó, en pos de trabajo, al litoral atlántico de Costa Rica, donde impera la UFCO. Fue cargador en los muelles; se internó en plantaciones donde hizo vida de peón, de albañil, de dinamitero y tractorista. “Fui _nos dice_ esquilmado por los capataces, atacado por las fiebres, maltratado en hospitales”. Lo que nos cuenta de la tragedia colectiva de su patria lo ha aprendido en años de sufrirla directamente. A la altura de sus veintidós, fogueado ya prematuramente en el trabajo y la lucha, Fallas tomó el camino del marxismo. En la participación más consciente y activa, desde entonces, en la lucha de su pueblo, van a forjarse conjuntamente el escritor y el revolucionario. Participa en la campaña de su partido para poner fin a la pugna entre blancos y negros azuzados por la UFCO. Va a la cárcel varias veces; es herido en un choque de obreros desocupados con la policía. Es dirigente de la gran huelga bananera de 1934. Ha sido Secretario General del Sindicato Bananero; regidor municipal, miembro de la dirección de la Confederación de Trabajadores de Costa Rica y de su Partido. 

Ese es, pues, el escritor, el hombre. 

Aprendió a escribir en medio de la vida, requerido por la acción.

Su prosa tiene sencillez y gracia popular. Y del pueblo también la expresión directa, o la sabia ironía melancólica, o el toque del lirismo. Esa prosa que hiere y corta cuando describe la miseria y la injusticia, se hace tierna y poética para decir el sueño de peones. Leyéndola no podemos menos que pensar cómo el vivir lo que se escribe _el escribir lo que realmente se escribe_, sigue siendo el camino mejor para la creación. Sólo podría darnos cuadro tan vivo del humano sufrimiento en la tierra suya, de la humana esperanza, quien como Fallas da su vida toda a la lucha por la noble causa popular. 

Esa es la lección de Carlos Luis Fallas y de su Mamita Yunai que pinta a Costa Rica en el mapa humano de América trazado por sus artistas, por sus novelistas. 

Esta novela vertida a muchas lenguas, que ha recorrido el mundo y hoy aparece en edición mexicana, deberá ser objeto de estudio siempre que se hable del género en nuestros días, en nuestro Continente. Por más que su autor _en demostración de perennidad creadora_ nos diga que no está satisfecho con cuanto ha escrito. Que en sus futuras novelas quiere conjurar más claramente la denuncia de la injusticia con la orientación hacia la lucha. Bien está su creadora constante insatisfacción. Mas ella no obsta para que reconozcamos en Mamita Yunai la obra lograda llena de Costa Rica, llena de América, llena de pueblo. 

 

Carlos Luis Fallas y Mamita Yunai, Carlos Augusto León. Cultura Universitaria, Universidad Central de Venezuela, n.º XCI (abril-junio de 1966), pp. 47–50.  

UFCO* United Fruit Company



lunes, 4 de mayo de 2026

Conservatorio de Castella en flor






Mangos, guayabas, guabas, manzanas de agua, jocotes, hasta carao, café —y no recuerdo bien si limones dulces o naranjas—: de todo lo demás nos proveía el colegio, y años después siguió brindando a nuestros hijos ese mismo disfrute de colores y sabores. 

lunes, 27 de abril de 2026

Comiendo del mismo plato, por Érika Henchoz Castro

 Escrito en . Publicado en Aportes para el desarrollo. 

Primer día de mayo: jornada de felices coincidencias —o sospechosamente felices—, tanto políticas como verbales.

Nada más cercano a Un mundo feliz que ese coro de alusiones expresadas libremente o escritas, proclamadas, casi coreografiadas por el nuevo equipo de congresistas en el recinto parlamentario.

Unos sí, otros también: todos coinciden. Coinciden en la pobreza, en el hambre, en la naturaleza herida, en la delincuencia y en la urgencia de velar y atender la educación con mayúscula y bien tildada. Coinciden, sobre todo, en una agenda que dicen será por y para la Patria.

¡Ese será el norte a seguir! Dicen.

Algunos con buen verbo, otros con buen galillo, y unos pocos —los menos porque siempre sucede— con argumentos sólidos. Todos lanzan sus dardos al tablero de la democracia. Hay quien apunta mejor. Hay quien tiembla menos.

Algunos tendrán mejor pulso, mejor visión de las cosas o mayor pasión y conocimiento de la nuestra historia.

Pero, aun así, ¡cómo se parecen!

Mismo traje. Mismo color. Mismo gesto ensayado en sus teléfonos inteligentes.

Tal vez sea el único día del cuatrienio en que visten idénticos: blanco, azul y rojo, como si la patria pudiera coserse en la tela.

Mucho protocolo.

Y en esas cincuenta y siete curules —incómodas, dicen, pero codiciadas— todos caben en la misma forma, en la misma pose, en la misma promesa.

Yo pienso —y por eso escribo— que algunos miran con más limpieza que otros. Que hay rostros nuevos y otros demasiado conocidos. Que no todos cargan el mismo peso de ideas.

Pero queda la pregunta, terca:

¿a cuántos les incomoda, de verdad, la voz de un campesino?
¿a cuántos les duele el silencio largo de un pueblo indígena que lleva décadas esperando ser visto?

La respuesta no está hoy.

Llegará cuando las fracciones hablen. O callen. Cuando voten. Cuando se levanten. Cuando coincidan… o dejen de coincidir.

Porque al final, todo —todo— se decide en el plenario.

Y ahí, ya no basta con parecer iguales.












https://surcosdigital.com/comiendo-del-mismo-plato/

domingo, 26 de abril de 2026

El mural como puente hacia una comunidad académica más inclusiva y conectada



Por Érika Henchoz

“El abrazo como origen e integración de los saberes”, o simplemente El abrazo, irrumpe ahora en el paisaje cotidiano de la Universidad de Costa Rica. Instalado en el edificio del Sistema de Estudios de Posgrado (SEP), el mural no solo ocupa un espacio: lo transforma

No es una obra que se limite a ser observada. Se deja sentir. Convoca. Detiene el paso apresurado y abre un paréntesis en la rutina universitaria para invitar al encuentro, a la contemplación y a una forma más íntima de reflexión. 

Más que un mural, El abrazo es un gesto. Un gesto amplio, sostenido en el tiempo, que convierte el entorno en un punto de convergencia. Allí, quienes transitan —estudiantes, docentes, visitantes— pueden reconocerse como parte de una misma trama, un tejido invisible que se construye con saberes, vínculos y experiencias compartidas. 

Su creador, Pablo Bonilla Elizondo, docente de la Escuela de Artes Plásticas de la Facultad de Artes de la UCR, lo define como “una obra cargada de simbolismo y vocación colectiva”. En esa definición late una idea fundamental del arte público contemporáneo: la de un arte que deja de pertenecer exclusivamente a los especialistas para abrirse al diálogo con la comunidad, donde cada mirada encuentra su propio significado. 

En palabras del artista, el mural propone comprender el conocimiento como “un proceso profundamente humano, tejido a partir de vínculos, afectos y trabajo conjunto”. Así, la obra desplaza la noción del saber como acumulación individual y la convierte en una construcción viva, relacional, en constante transformación. 

Bonilla Elizondo no solo pinta: piensa el arte como una forma de narrar lo colectivo. Su obra transita entre lo visual y lo poético, entre la forma y la memoria. En sus murales —inscritos en superficies que pertenecen a todos— hay una voluntad de diálogo con la ciudad, con sus historias y con las múltiples identidades que la habitan. Su trabajo puede leerse, entonces, como una cartografía sensible de lo común. 

Un abrazo con significado 

El gesto que articula la composición no es únicamente afectivo. Es también estructural. El abrazo aparece como una metáfora de la interdependencia que sostiene la investigación, la academia y la vida universitaria. Es un recordatorio de que ningún proceso de conocimiento es completamente solitario. 

En ese sentido, la obra invita a reconocerse desde la empatía, desde los afectos y desde la necesidad de afrontar colectivamente los desafíos de una realidad cada vez más compleja. 

El proyecto nace por iniciativa de la exdecana del SEP, la Dra. Flor Jiménez Segura, quien impulsó su desarrollo como parte de una visión institucional orientada a fortalecer los vínculos dentro de la comunidad académica. El diseño, concebido de manera colaborativa, se integró tanto a la misión del SEP como a las condiciones materiales del espacio, dialogando incluso con elementos preexistentes en la infraestructura. 

Desde el punto de vista estético, los personajes se despliegan bajo una lógica monocromática que concentra la atención en el gesto central. El abrazo se vuelve así el núcleo visual y simbólico de la obra. Sus expresiones, abiertas y luminosas, reivindican el aprendizaje como un proceso que, aun siendo exigente, puede estar atravesado por la alegría, el disfrute y la complicidad. 

De este modo, El abrazo desafía imaginarios tradicionales que asocian los estudios de posgrado con el sacrificio solitario, la tensión o el aislamiento, y propone, en cambio, una visión más humana, integral y esperanzadora. 

La materialidad también habla. Para su realización, Bonilla Elizondo trabajó junto a los artistas Orlando Güier y César Ulate, integrando cerámica, azulejo industrial y pintura acrílica. Los materiales no solo aseguran durabilidad, sino que aportan textura, relieve y profundidad, ampliando la experiencia visual hacia lo táctil, casi como si la obra pudiera sentirse con la mirada. 

El mural y su diálogo con la comunidad 

Toda obra de arte público se completa en la mirada de quienes la habitan. Su significado no es fijo: se construye en la interacción cotidiana con el espacio y las personas. 

En esa línea, El abrazo no impone un discurso cerrado. Se ofrece como un territorio simbólico abierto, accesible, generoso. Su diseño conversa con la arquitectura del edificio y con los ritmos de la vida universitaria, invitando tanto a la interpretación personal como a la reflexión colectiva. 

Esta perspectiva responde a una concepción del arte público con responsabilidad social: una práctica que no gira en torno al ego del creador, sino que busca establecer relaciones horizontales con su entorno, basadas en la empatía, la escucha y el reconocimiento de lo común. 

Formación superior pública para pensar y convivir 

En tiempos en que las universidades enfrentan tensiones diversas —internas y externas—, la obra plantea una pregunta silenciosa pero urgente: ¿cómo queremos habitar estos espacios? 

El abrazo sugiere una respuesta posible. Invita a imaginar la universidad como un territorio de encuentro, de generosidad y de alegría. Un lugar donde el interés público prevalezca sobre lo individual y donde el conocimiento se construya desde la diversidad, el respeto y la convivencia. 

Desde esa mirada, el mural se proyecta como algo más que una intervención artística: es un aporte a la construcción de una comunidad académica más cohesionada, plural y profundamente humana. 

Un detalle final, sutil pero elocuente, completa la composición: las flores. Cada una con un color distinto, evocan las diversas áreas del conocimiento que conviven dentro de la universidad. En su conjunto, refuerzan la idea central de la obra: que la riqueza del saber no surge de la uniformidad, sino de la capacidad de integrar múltiples perspectivas en un mismo gesto. 

En El abrazo, el arte deja de ser solo contemplación. Se vuelve experiencia, vínculo y lenguaje compartido. Se habita. Se interpreta. Y, sobre todo, se comparte.  

https://www.ucr.ac.cr/noticias/2026/4/24/el-mural-como-puente-hacia-una-comunidad-academica-mas-inclusiva-y-conectada.html

miércoles, 8 de abril de 2026

Medallón de CALUFA, por Antidio Cabal


Este siete de mayo que acaba de pasar murió Carlos Luis Fallas, el autor de Mamita Yunai, de Gentes y Gentecillas, de Marcos Ramírez (Aventuras de un muchacho) y de Mi Madrina. Es poco decir, no obstante, decir que era novelista traducido a diez o doce idiomas, que era costarricense y que era comunista. Poco decir. Todas esas cualidades juntas no valían lo que él valía como hombre. Los usaba como adjetivos que llevó a la perfección como tres trajes humanos siempre nuevos. No se podría afirmar de él que era novelista y hombre, costarricense y hombre, comunista y hombre. Como en la definición de triángulo, en que los lados se cortan dos a dos para dar la razón de verdad de la figura, en el se cortaban dos a dos el novelista y el costarricense, el costarricense y el comunista y el comunista y el novelista para formar al hombre. Era un hombre lo más parecido a un hombre.

Campesino de los Llanos de Alajuela, ni las ciudades, ni los viajes, ni las novelas ni los trabajos políticos e intelectuales de dirección de su Partido esfumaron en él le llamaron rústico, el rostro de tierra, el cuerpo de tuca, la palabra piedra pómez. Tenía algo también de costa, de acantilado, de cetáceo, porque su país es muy estrecho, pugnado por dos océanos. 

Lo conocí hace muchos años y entendí cuando lo conocí su radiante celebridad, punta visible de una sencillez áspera. Era un manojo de hombres ese hombre, y todos se le notaban. El peón, el zapatero, el tractorista. Sobre su inconcluso segundo año de bachillerato había construido un mundo humano que empezaba en la tierra y terminaba en la conciencia. Estábamos persuadidos de que era de verdad. Por eso era amado, popular como un partido de fútbol. Su casa lo mismo que si casa podía ser la plaza de cualquiera de las ciudades de Costa Rica, o un restaurante o la calle. Era amado diariamente, estaba clasificado por el amor de su pueblo. 

Sería pueril creer que el cariño que despertaba entre los costarricenses se originaba nada más en el hecho de la extraordinaria difusión de su obra literaria en el ámbito internacional. Era algo más hondo y también más vasto. Carlos Luis reproducía de un lado lo costarricense neto, en una democracia rural su validez de campesino, su contacto espontáneo con quienquiera y el don que tenía de contener como representadas y siempre evidentes humanas de su pueblo. Como hombre mostraba claridad en la calidad y sus actos revelaban que creía. Su firma -la firma de un hombre sin dinero, de un hombre comunista, de un hombre que fue acusado una vez de ladrón de cosas más tentadoras, como la sangre, el dinero, la palabra - fue considerada como una garantía más que suficiente por un gran negocio hotelero en resguardo de una deuda difìcil que él no había contraído ni originado. Su firma era tan nacional que lo conocían los futbolistas, no así como si fuera un nombre que resuena lejanamente en periódicos, sino en detalle, como la marca de un cigarrillo, Calufa, que vive en Alajuela. El poderoso epíteto que en lo polìtico lo definía no se malversaba en estas apreciaciones cotidianas y decisivas del trato, del saludo. Yo quisiera saber cuántos costarricenses ignoraban que vivía en el barrio La Agonía, que había trabajado como peón de la Bananera. Era un retrato de todos. Una imagen colectiva. En el amor popular había encontrado su objeto sentimental. Costa Rica no tenía su ídolo en un cantante de boleros, en un futbolista, sino en un costarricense que estaba presente en todos de una manera positiva. No era afecto coronado por la red de radio y televisión y por sonido callejero. Se trataba de un afecto excepcional y silencioso, el mismo que dispensamos a los objetos entrañables que son nuestros. 

Conocí a Calufa, si mal no recuerdo, en 1950.  Estaba en la esquina del cine Raventós, en el parque Central de San José. Yo andaba acompañado de un amigo reciente, vendedor de productos textiles. Movió el índice. Ese que está parado en la esquina, de sombrero, es Calufa. 

El episodio, entendido y ampliado en su diamante, registra el concepto que las gentes de su tierra se habían formado de él. Era un concepto de amor muy grande, un homenaje que todos los días recibía Carlos Luis Fallas como una gimnasia nacional del corazón. Hubo excepciones inexplicables, o demasiado explicables. Personas de tinta y papel no quisieron otorgarle al más grande escritor de Costa Rica, poco antes de una muerte de inevitabilidad no se dudaba, el premio nacional de literatura, se lo hicieron compartir, como para enterarlo, de que, aun cuando célebre y distinguido por su pueblo, le faltaba cumplir un requisito. La reacción de su patria ante el fallo fue, a cambio, un homenaje más selecto que el premio. Luego, el gran premio nacional se le dio desde el día de su muerte hasta la hora de su entierro: sus enemigos políticos y sus enemigos de guerra, aquellos contra los que peleó en la Asamblea Legislativa, en los campos electorales, en los periódicos, en los mitines y con el fusil en la revolución de 1948, le montaron guardia de honor y lo acompañaron al cementerio. Los hombres de armas que le fueron contrarios reconocían que como soldado nunca dejó de ser hombre, y esto, en un país ha repudiado históricamente el ejército, prohibiéndolo, es un mérito que no se discute. Él fue el héroe de dos bandos que no supieron evitar ser meramente soldados.

Desde sus tiempos de zanja, agua y pala leía mucho, las grandes novelas, en los campamentos de los trabajadores. Los trabajadores salían del barro a dormir, echados por el cansancio. Él, aligerado por la vocación, seducido, leía un par de horas o hasta tocar la medianoche. Esto lo salvó definitivamente, de que la zoología cotidiana impuesta por un trabajo terrible le impidiese ser hombre. Nacer hombre no basta para ser hombre, esto sí que lo supo a tiempo, pero no de pronto, ni desde el comienzo. Ello es lo cierto que un buen día, como se dice, y él me lo ha contado estaría en sus veintidós o veintitrés años cuando midió en toda su cuenta lo que significaba ser peón, palero, notó su brutalización, la de otros. No es que pensara que aquello no era vida, sino que aquello no debía ocurrirle a nadie. Ron, enfermedades, heridas, leyes cortas, tiempo sucio y la locura miserable de una juventud clínica, y de ua peor moneda posterior. Acabaría a cuatro patas, y con otra cabeza. 

No se le hizo tarde en determinar. Entendió lo que debía entender y avanzó entonces a pie de su razón. El mundo había que medirlo, anotarlo y tomarlo, desde fuera de la zanja. Fuera de la zanja es donde estaba el mundo. Ya nunca dio media vuelta, marchó a fondo, Fue leal a todas las zanjas. Se convirtió en un luchador sin manchas intelectuales, su razón tenía una sola superficie, y aquí su voluntad y su inteligencia tuvieron su imaginación y su libertad. porque manejó primero la pala que la pluma no se contaminó de metafísica y ajetreos líricos como tesis y espasmos acera de lo que tanto interesa, la verdad del hombre. La irracionalidad para él equivalía a inmoralidad, si le era planteada como método o arte. No se pronunció en vano. Se sometió a pruebas. Darío, Donde debía sonar el ritmo de Darío, no sonaba, superpuesto como estaba el ritmo de su antigua pala, y donde la idea de Darío significaba viejos servicios, patrimonios desacostumbrados. ¿Qué era aquello, aquellos predicados evadidos del hombre natal? Pensaba que hacía falta una nueva civilización engrandecida por las categorías del hombre sin demiurgos. Otra civilización para la poesía. O sea, donde el poeta no se atuviera tanto a su imaginación y fantasía, infladas por espiritualismos y adocenamiento de valores y degollación de la vida, y se situase en la fantasía y en la imaginación mucho más rica de la realidad, la fuerte realidad, que tiene todos los colores, todos los gustos, todas las posibilidades, todas las intenciones y el espíritu. Yo también he pensado con bastante frecuencia que si el lenguaje es para con uno mismo, entonces no es lenguaje, sino una oración, y uno, una mónada.

       Tenía razón. Esto me queda. 

“Medallón de Calufa”, Antidio Cabal. Cultura Universitaria, Universidad Central de Venezuela, n.º XCI (abril-junio de 1966), pp. 51–54.  







      


sábado, 14 de marzo de 2026

Bárbara Montero Siegele: la energía libre de las “Wildflowers”

 

En mayo de 2019, la artista costarricense Bárbara Montero Siegele presentó la exposición “Wildflower: A Collection of Western & Native Art” en la María Carlisle Art Gallery, un espacio dedicado a la difusión del arte contemporáneo en San José. Aquella muestra permitió descubrir con mayor claridad el universo creativo de una artista singular, cuya obra combina influencias culturales, sensibilidad narrativa y una profunda libertad expresiva.

Montero Siegele es una creadora que despierta admiración por la amplitud de sus talentos. Desde muy joven ha trabajado con diversas técnicas pictóricas —óleo, acuarela y acrílico—, explorando simultáneamente otros materiales como el cuero, el vidrio o la arcilla. Su trabajo no se limita a una sola disciplina: su creatividad fluye entre lenguajes visuales, artesanales y literarios.

Oriunda de Cartago, Bárbara creció entre dos mundos culturales. Hija de padre costarricense y madre estadounidense, su imaginario artístico se encuentra profundamente influenciado por el simbolismo y la estética del Viejo Oeste norteamericano. Esa herencia cultural, lejos de fragmentar su identidad, se convierte en una fuente fértil de inspiración que atraviesa su obra con paisajes, personajes y atmósferas cargadas de historia.

Además de pintora y artista visual, Montero Siegele es escritora bilingüe. Escribe en inglés y en español, y ha incursionado en la literatura dirigida a distintos públicos, desde niños y jóvenes hasta lectores adultos. Su creatividad, por tanto, no se restringe al espacio del lienzo: también se expande hacia la palabra y la narración.

Su formación artística no siguió el camino académico tradicional. Bárbara es, esencialmente, una artista autodidacta. Sin embargo, lejos de ser una limitación, esta condición parece haber fortalecido su libertad creativa. Su aprendizaje surge de la observación, la experiencia vital y el impulso natural de crear. En su caso, la vida misma se convierte en escuela y laboratorio artístico.

Esa filosofía se refleja también en su proyecto personal y familiar: es propietaria del restaurante Dimitris, un lugar muy particular ubicado en el cantón de El Guarco. Allí, Bárbara no solo recibe a los visitantes, sino que ha transformado el espacio en una extensión de su mundo creativo. El restaurante sorprende por su decoración —realizada en gran parte con sus propias obras— y por su atmósfera cálida y rústica que evoca el espíritu del oeste. Rodeado de naturaleza, caballerizas y áreas dedicadas al cuidado de cabras, el lugar refleja una forma de vida profundamente conectada con la tierra, la familia y la libertad personal.

Durante su adolescencia vivió en Texas, donde cursó la educación secundaria. Allí también tuvo la oportunidad de tomar cursos de arte. Según recuerda, en esas clases “te enseñaban técnicas, y a partir de cierto grado seleccionaban a algunos estudiantes para exhibir sus obras”. Fue precisamente en ese contexto cuando algunas de sus piezas fueron elegidas para exhibirse en el famoso Houston Livestock Show and Rodeo, una experiencia que marcaría sus primeros pasos públicos en el mundo del arte.

En la exposición de 2019 presentó una obra particularmente significativa inspirada en la reserva de los indígenas sioux en South Dakota. Sobre esa pieza, la artista comentó:

“Es un cuadro muy importante porque estuvo en un punto histórico muy especial de mi vida”.

El concepto que da nombre a la exposición también encierra una metáfora personal y espiritual. Para Bárbara, las wildflowers —las flores silvestres— representan algo más que un motivo estético:

“Cuando pienso en wildflowers o en flores silvestres, pienso en todas esas personas que aman y se rodean de cosas simples; personas que albergan una energía especial y una gran creatividad”.

Su obra también se adentra en el retrato de figuras que marcaron distintas épocas en la cultura popular. Personajes del cine, la música o la literatura aparecen reinterpretados en sus cuadros, como escenas detenidas en el tiempo que evocan momentos decisivos en la historia cultural.

El conjunto de su trabajo revela una riqueza visual y simbólica notable. En sus pinturas se percibe una atmósfera de quietud, pero también una profundidad emocional que remite a la experiencia humana: la memoria, la identidad, la naturaleza y la libertad.

La obra de Bárbara Montero Siegele transmite, en última instancia, una sensación de trascendencia serena. Sus piezas no buscan el estruendo de lo espectacular; más bien invitan a una contemplación pausada, donde la belleza surge de lo esencial. En ese sentido, cada cuadro parece funcionar como una pequeña ventana hacia un mundo interior en el que arte y vida se encuentran profundamente entrelazados.






miércoles, 11 de marzo de 2026

"Arnoldo Herrera", por Laureano Albán (junio 1992)

Arnoldo es una treta contra el olvido.

Una insistencia azul. Un poco de ceniza

humana, humana, con alas que sabemos

y no vemos. Un día con lluvia y sol

que se ha tornado hombre para venir a hablar

de profecías, de cosas perfectísimas,

de ausencias que se que se pagan con monedas de sangre,

de impertinencias claras como ángeles,

de luchas que no son ya de este mundo

pero que hacen falta cuando abrimos la puerta

y vemos los muchachos subir hacia la vida

convertidos en números de olvido.


Arnoldo Herrera es una treta, amigos.

Un maestro con nieves lejanas en los ojos.

Un maestro con tantas heridas en los ojos.

Un maestro, sin señas. como son los que solo

vinieron a este mundo para soñar las vidas.


Siempre que me lo encuentro me parece que alguien 

lo puso aquí entre todos para armar el escándalo

de la luz sobre el mundo . Y siempre me parece

que tuviera un incendio en cada mano.

Un pájaro incendiado en cada mano.

Una noche incendiada en cada mano.

Un mundo que no quiere extinguirse

y que trata en sus manos de arder soñando siempre.


Si alguien me pidiera un nombre para Arnoldo

yo le diría: Camino. Quizás porque lo he visto,

igual que los caminos siempre aquí y siempre allá, 

siempre detrás de un cielo,

siempre con algo, algo de polvo en la mirada, 

siempre dejando que alguien sobre él busque mundos.

Los hombres se parecen a la niebla.

Llegan un día y ocupan un espacio del cielo.

Se extienden sobre el tiempo

transparentes u opacos buscando lejanías.


Nimban de magia el mundo

o de sombras el prado de la vida.

Empapan de rocío las flores sorprendidas del silencio

o abogan lentamente toda la luz del mundo.

Y un día un viento recio viene de la nada

los disipa de pronto demasiado fugaces. 

Los hombres se parecen a la niebla...


Y Arnoldo es una niebla con sol, con golondrinas,

con muchachos, muchachas, que aprenden a fundir

números y poesías, música y espejismos, 

química y regocijos. Es un maestro que sabe 

la ceguera que nadie puede evitar, el tiempo.

Es un maestro que sabe la lucidez que nadie 

debe evitar: amar largamente la vida, 

vaticinando el mar que surge de las esquinas,

demostrando el teorema de la paz de la tierra,

la parábola agreste del pájaro en los ojos, 

la elíptica extasiada de los vuelos del mundo,

el asombro que sabe reinventar los caminos. 


Pero ante todo Arnoldo es un muchacho necio, 

insistente, terrible, que golpea ventanas

con los inmensos párpados de la luz que le basta.

Y que suele pedir insatisfecho, eterno,

un poco de canción para enseñarla al mundo.

Y que asusta burócratas en las tardes sombrías.

Y que asombra políticos con un río de fuego.

Y que inventa poetas en las aulas de trigo.

Y que aunque lo veamos muy vestido en su traje

sobrio como el invierno, es un muchacho necio

con pantalones cortos, mirando golondrinas

en complicados cielos, que corre por el campo

de la vida gritando, o cantando, o soñando...


Pero siempre un muchacho con los dedos azules,

olfateando procaz los prados desnudísimos,

detrás de cada estrella que le debe la vida. 









martes, 13 de enero de 2026

Aguas superficiales...

Brote feroz de nubes y espuma.
El sol arde, tatuado en el traje azul
del mar convulso.
La arena se amontona en una de las últimas olas,
revienta y esta atraviesa mis ojos.

Solo se sobrevive
en el centro exacto
de un día en flor.


ehc






Filme sobre la vida de Virginia Grütter, 1995.

Hoy quise volver a esa pintura, a su forma auténtica de vivir la vida. La directora Quinka Stoher decía: “Son demasiadas vidas para una sola...