lunes, 27 de abril de 2026

Comiendo del mismo plato, por Érika Henchoz Castro

 Escrito en . Publicado en Aportes para el desarrollo. 

Primer día de mayo: jornada de felices coincidencias —o sospechosamente felices—, tanto políticas como verbales.

Nada más cercano a Un mundo feliz que ese coro de alusiones expresadas libremente o escritas, proclamadas, casi coreografiadas por el nuevo equipo de congresistas en el recinto parlamentario.

Unos sí, otros también: todos coinciden. Coinciden en la pobreza, en el hambre, en la naturaleza herida, en la delincuencia y en la urgencia de velar y atender la educación con mayúscula y bien tildada. Coinciden, sobre todo, en una agenda que dicen será por y para la Patria.

¡Ese será el norte a seguir! Dicen.

Algunos con buen verbo, otros con buen galillo, y unos pocos —los menos porque siempre sucede— con argumentos sólidos. Todos lanzan sus dardos al tablero de la democracia. Hay quien apunta mejor. Hay quien tiembla menos.

Algunos tendrán mejor pulso, mejor visión de las cosas o mayor pasión y conocimiento de la nuestra historia.

Pero, aun así, ¡cómo se parecen!

Mismo traje. Mismo color. Mismo gesto ensayado en sus teléfonos inteligentes.

Tal vez sea el único día del cuatrienio en que visten idénticos: blanco, azul y rojo, como si la patria pudiera coserse en la tela.

Mucho protocolo.

Y en esas cincuenta y siete curules —incómodas, dicen, pero codiciadas— todos caben en la misma forma, en la misma pose, en la misma promesa.

Yo pienso —y por eso escribo— que algunos miran con más limpieza que otros. Que hay rostros nuevos y otros demasiado conocidos. Que no todos cargan el mismo peso de ideas.

Pero queda la pregunta, terca:

¿a cuántos les incomoda, de verdad, la voz de un campesino?
¿a cuántos les duele el silencio largo de un pueblo indígena que lleva décadas esperando ser visto?

La respuesta no está hoy.

Llegará cuando las fracciones hablen. O callen. Cuando voten. Cuando se levanten. Cuando coincidan… o dejen de coincidir.

Porque al final, todo —todo— se decide en el plenario.

Y ahí, ya no basta con parecer iguales.












https://surcosdigital.com/comiendo-del-mismo-plato/

domingo, 26 de abril de 2026

El mural como puente hacia una comunidad académica más inclusiva y conectada



Por Érika Henchoz

“El abrazo como origen e integración de los saberes”, o simplemente El abrazo, irrumpe ahora en el paisaje cotidiano de la Universidad de Costa Rica. Instalado en el edificio del Sistema de Estudios de Posgrado (SEP), el mural no solo ocupa un espacio: lo transforma

No es una obra que se limite a ser observada. Se deja sentir. Convoca. Detiene el paso apresurado y abre un paréntesis en la rutina universitaria para invitar al encuentro, a la contemplación y a una forma más íntima de reflexión. 

Más que un mural, El abrazo es un gesto. Un gesto amplio, sostenido en el tiempo, que convierte el entorno en un punto de convergencia. Allí, quienes transitan —estudiantes, docentes, visitantes— pueden reconocerse como parte de una misma trama, un tejido invisible que se construye con saberes, vínculos y experiencias compartidas. 

Su creador, Pablo Bonilla Elizondo, docente de la Escuela de Artes Plásticas de la Facultad de Artes de la UCR, lo define como “una obra cargada de simbolismo y vocación colectiva”. En esa definición late una idea fundamental del arte público contemporáneo: la de un arte que deja de pertenecer exclusivamente a los especialistas para abrirse al diálogo con la comunidad, donde cada mirada encuentra su propio significado. 

En palabras del artista, el mural propone comprender el conocimiento como “un proceso profundamente humano, tejido a partir de vínculos, afectos y trabajo conjunto”. Así, la obra desplaza la noción del saber como acumulación individual y la convierte en una construcción viva, relacional, en constante transformación. 

Bonilla Elizondo no solo pinta: piensa el arte como una forma de narrar lo colectivo. Su obra transita entre lo visual y lo poético, entre la forma y la memoria. En sus murales —inscritos en superficies que pertenecen a todos— hay una voluntad de diálogo con la ciudad, con sus historias y con las múltiples identidades que la habitan. Su trabajo puede leerse, entonces, como una cartografía sensible de lo común. 

Un abrazo con significado 

El gesto que articula la composición no es únicamente afectivo. Es también estructural. El abrazo aparece como una metáfora de la interdependencia que sostiene la investigación, la academia y la vida universitaria. Es un recordatorio de que ningún proceso de conocimiento es completamente solitario. 

En ese sentido, la obra invita a reconocerse desde la empatía, desde los afectos y desde la necesidad de afrontar colectivamente los desafíos de una realidad cada vez más compleja. 

El proyecto nace por iniciativa de la exdecana del SEP, la Dra. Flor Jiménez Segura, quien impulsó su desarrollo como parte de una visión institucional orientada a fortalecer los vínculos dentro de la comunidad académica. El diseño, concebido de manera colaborativa, se integró tanto a la misión del SEP como a las condiciones materiales del espacio, dialogando incluso con elementos preexistentes en la infraestructura. 

Desde el punto de vista estético, los personajes se despliegan bajo una lógica monocromática que concentra la atención en el gesto central. El abrazo se vuelve así el núcleo visual y simbólico de la obra. Sus expresiones, abiertas y luminosas, reivindican el aprendizaje como un proceso que, aun siendo exigente, puede estar atravesado por la alegría, el disfrute y la complicidad. 

De este modo, El abrazo desafía imaginarios tradicionales que asocian los estudios de posgrado con el sacrificio solitario, la tensión o el aislamiento, y propone, en cambio, una visión más humana, integral y esperanzadora. 

La materialidad también habla. Para su realización, Bonilla Elizondo trabajó junto a los artistas Orlando Güier y César Ulate, integrando cerámica, azulejo industrial y pintura acrílica. Los materiales no solo aseguran durabilidad, sino que aportan textura, relieve y profundidad, ampliando la experiencia visual hacia lo táctil, casi como si la obra pudiera sentirse con la mirada. 

El mural y su diálogo con la comunidad 

Toda obra de arte público se completa en la mirada de quienes la habitan. Su significado no es fijo: se construye en la interacción cotidiana con el espacio y las personas. 

En esa línea, El abrazo no impone un discurso cerrado. Se ofrece como un territorio simbólico abierto, accesible, generoso. Su diseño conversa con la arquitectura del edificio y con los ritmos de la vida universitaria, invitando tanto a la interpretación personal como a la reflexión colectiva. 

Esta perspectiva responde a una concepción del arte público con responsabilidad social: una práctica que no gira en torno al ego del creador, sino que busca establecer relaciones horizontales con su entorno, basadas en la empatía, la escucha y el reconocimiento de lo común. 

Formación superior pública para pensar y convivir 

En tiempos en que las universidades enfrentan tensiones diversas —internas y externas—, la obra plantea una pregunta silenciosa pero urgente: ¿cómo queremos habitar estos espacios? 

El abrazo sugiere una respuesta posible. Invita a imaginar la universidad como un territorio de encuentro, de generosidad y de alegría. Un lugar donde el interés público prevalezca sobre lo individual y donde el conocimiento se construya desde la diversidad, el respeto y la convivencia. 

Desde esa mirada, el mural se proyecta como algo más que una intervención artística: es un aporte a la construcción de una comunidad académica más cohesionada, plural y profundamente humana. 

Un detalle final, sutil pero elocuente, completa la composición: las flores. Cada una con un color distinto, evocan las diversas áreas del conocimiento que conviven dentro de la universidad. En su conjunto, refuerzan la idea central de la obra: que la riqueza del saber no surge de la uniformidad, sino de la capacidad de integrar múltiples perspectivas en un mismo gesto. 

En El abrazo, el arte deja de ser solo contemplación. Se vuelve experiencia, vínculo y lenguaje compartido. Se habita. Se interpreta. Y, sobre todo, se comparte.  

https://www.ucr.ac.cr/noticias/2026/4/24/el-mural-como-puente-hacia-una-comunidad-academica-mas-inclusiva-y-conectada.html

miércoles, 8 de abril de 2026

Medallón de CALUFA, por Antidio Cabal


Este siete de mayo que acaba de pasar murió Carlos Luis Fallas, el autor de Mamita Yunai, de Gentes y Gentecillas, de Marcos Ramírez (Aventuras de un muchacho) y de Mi Madrina. Es poco decir, no obstante, decir que era novelista traducido a diez o doce idiomas, que era costarricense y que era comunista. Poco decir. Todas esas cualidades juntas no valían lo que él valía como hombre. Los usaba como adjetivos que llevó a la perfección como tres trajes humanos siempre nuevos. No se podría afirmar de él que era novelista y hombre, costarricense y hombre, comunista y hombre. Como en la definición de triángulo, en que los lados se cortan dos a dos para dar la razón de verdad de la figura, en el se cortaban dos a dos el novelista y el costarricense, el costarricense y el comunista y el comunista y el novelista para formar al hombre. Era un hombre lo más parecido a un hombre.

Campesino de los Llanos de Alajuela, ni las ciudades, ni los viajes, ni las novelas ni los trabajos políticos e intelectuales de dirección de su Partido esfumaron en él le llamaron rústico, el rostro de tierra, el cuerpo de tuca, la palabra piedra pómez. Tenía algo también de costa, de acantilado, de cetáceo, porque su país es muy estrecho, pugnado por dos océanos. 

Lo conocí hace muchos años y entendí cuando lo conocí su radiante celebridad, punta visible de una sencillez áspera. Era un manojo de hombres ese hombre, y todos se le notaban. El peón, el zapatero, el tractorista. Sobre su inconcluso segundo año de bachillerato había construido un mundo humano que empezaba en la tierra y terminaba en la conciencia. Estábamos persuadidos de que era de verdad. Por eso era amado, popular como un partido de fútbol. Su casa lo mismo que si casa podía ser la plaza de cualquiera de las ciudades de Costa Rica, o un restaurante o la calle. Era amado diariamente, estaba clasificado por el amor de su pueblo. 

Sería pueril creer que el cariño que despertaba entre los costarricenses se originaba nada más en el hecho de la extraordinaria difusión de su obra literaria en el ámbito internacional. Era algo más hondo y también más vasto. Carlos Luis reproducía de un lado lo costarricense neto, en una democracia rural su validez de campesino, su contacto espontáneo con quienquiera y el don que tenía de contener como representadas y siempre evidentes humanas de su pueblo. Como hombre mostraba claridad en la calidad y sus actos revelaban que creía. Su firma -la firma de un hombre sin dinero, de un hombre comunista, de un hombre que fue acusado una vez de ladrón de cosas más tentadoras, como la sangre, el dinero, la palabra - fue considerada como una garantía más que suficiente por un gran negocio hotelero en resguardo de una deuda difìcil que él no había contraído ni originado. Su firma era tan nacional que lo conocían los futbolistas, no así como si fuera un nombre que resuena lejanamente en periódicos, sino en detalle, como la marca de un cigarrillo, Calufa, que vive en Alajuela. El poderoso epíteto que en lo polìtico lo definía no se malversaba en estas apreciaciones cotidianas y decisivas del trato, del saludo. Yo quisiera saber cuántos costarricenses ignoraban que vivía en el barrio La Agonía, que había trabajado como peón de la Bananera. Era un retrato de todos. Una imagen colectiva. En el amor popular había encontrado su objeto sentimental. Costa Rica no tenía su ídolo en un cantante de boleros, en un futbolista, sino en un costarricense que estaba presente en todos de una manera positiva. No era afecto coronado por la red de radio y televisión y por sonido callejero. Se trataba de un afecto excepcional y silencioso, el mismo que dispensamos a los objetos entrañables que son nuestros. 

Conocí a Calufa, si mal no recuerdo, en 1950.  Estaba en la esquina del cine Raventós, en el parque Central de San José. Yo andaba acompañado de un amigo reciente, vendedor de productos textiles. Movió el índice. Ese que está parado en la esquina, de sombrero, es Calufa. 

El episodio, entendido y ampliado en su diamante, registra el concepto que las gentes de su tierra se habían formado de él. Era un concepto de amor muy grande, un homenaje que todos los días recibía Carlos Luis Fallas como una gimnasia nacional del corazón. Hubo excepciones inexplicables, o demasiado explicables. Personas de tinta y papel no quisieron otorgarle al más grande escritor de Costa Rica, poco antes de una muerte de inevitabilidad no se dudaba, el premio nacional de literatura, se lo hicieron compartir, como para enterarlo, de que, aun cuando célebre y distinguido por su pueblo, le faltaba cumplir un requisito. La reacción de su patria ante el fallo fue, a cambio, un homenaje más selecto que el premio. Luego, el gran premio nacional se le dio desde el día de su muerte hasta la hora de su entierro: sus enemigos políticos y sus enemigos de guerra, aquellos contra los que peleó en la Asamblea Legislativa, en los campos electorales, en los periódicos, en los mitines y con el fusil en la revolución de 1948, le montaron guardia de honor y lo acompañaron al cementerio. Los hombres de armas que le fueron contrarios reconocían que como soldado nunca dejó de ser hombre, y esto, en un país ha repudiado históricamente el ejército, prohibiéndolo, es un mérito que no se discute. Él fue el héroe de dos bandos que no supieron evitar ser meramente soldados.

Desde sus tiempos de zanja, agua y pala leía mucho, las grandes novelas, en los campamentos de los trabajadores. Los trabajadores salían del barro a dormir, echados por el cansancio. Él, aligerado por la vocación, seducido, leía un par de horas o hasta tocar la medianoche. Esto lo salvó definitivamente, de que la zoología cotidiana impuesta por un trabajo terrible le impidiese ser hombre. Nacer hombre no basta para ser hombre, esto sí que lo supo a tiempo, pero no de pronto, ni desde el comienzo. Ello es lo cierto que un buen día, como se dice, y él me lo ha contado estaría en sus veintidós o veintitrés años cuando midió en toda su cuenta lo que significaba ser peón, palero, notó su brutalización, la de otros. No es que pensara que aquello no era vida, sino que aquello no debía ocurrirle a nadie. Ron, enfermedades, heridas, leyes cortas, tiempo sucio y la locura miserable de una juventud clínica, y de ua peor moneda posterior. Acabaría a cuatro patas, y con otra cabeza. 

No se le hizo tarde en determinar. Entendió lo que debía entender y avanzó entonces a pie de su razón. El mundo había que medirlo, anotarlo y tomarlo, desde fuera de la zanja. Fuera de la zanja es donde estaba el mundo. Ya nunca dio media vuelta, marchó a fondo, Fue leal a todas las zanjas. Se convirtió en un luchador sin manchas intelectuales, su razón tenía una sola superficie, y aquí su voluntad y su inteligencia tuvieron su imaginación y su libertad. porque manejó primero la pala que la pluma no se contaminó de metafísica y ajetreos líricos como tesis y espasmos acera de lo que tanto interesa, la verdad del hombre. La irracionalidad para él equivalía a inmoralidad, si le era planteada como método o arte. No se pronunció en vano. Se sometió a pruebas. Darío, Donde debía sonar el ritmo de Darío, no sonaba, superpuesto como estaba el ritmo de su antigua pala, y donde la idea de Darío significaba viejos servicios, patrimonios desacostumbrados. ¿Qué era aquello, aquellos predicados evadidos del hombre natal? Pensaba que hacía falta una nueva civilización engrandecida por las categorías del hombre sin demiurgos. Otra civilización para la poesía. O sea, donde el poeta no se atuviera tanto a su imaginación y fantasía, infladas por espiritualismos y adocenamiento de valores y degollación de la vida, y se situase en la fantasía y en la imaginación mucho más rica de la realidad, la fuerte realidad, que tiene todos los colores, todos los gustos, todas las posibilidades, todas las intenciones y el espíritu. Yo también he pensado con bastante frecuencia que si el lenguaje es para con uno mismo, entonces no es lenguaje, sino una oración, y uno, una mónada.

       Tenía razón. Esto me queda. 

“Medallón de Calufa”, Antidio Cabal. Cultura Universitaria, Universidad Central de Venezuela, n.º XCI (abril-junio de 1966), pp. 51–54.  







      


Filme sobre la vida de Virginia Grütter, 1995.

Hoy quise volver a esa pintura, a su forma auténtica de vivir la vida. La directora Quinka Stoher decía: “Son demasiadas vidas para una sola...