Este siete de mayo que acaba de pasar murió Carlos Luis Fallas, el autor de Mamita Yunai, de Gentes y Gentecillas, de Marcos Ramírez (Aventuras de un muchacho) y de Mi Madrina. Es poco decir, no obstante, decir que era novelista traducido a diez o doce idiomas, que era costarricense y que era comunista. Poco decir. Todas esas cualidades juntas no valían lo que él valía como hombre. Los usaba como adjetivos que llevó a la perfección como tres trajes humanos siempre nuevos. No se podría afirmar de él que era novelista y hombre, costarricense y hombre, comunista y hombre. Como en la definición de triángulo, en que los lados se cortan dos a dos para dar la razón de verdad de la figura, en el se cortaban dos a dos el novelista y el costarricense, el costarricense y el comunista y el comunista y el novelista para formar al hombre. Era un hombre lo más parecido a un hombre.
Campesino de los Llanos de Alajuela, ni las ciudades, ni los viajes, ni las novelas ni los trabajos políticos e intelectuales de dirección de su Partido esfumaron en él le llamaron rústico, el rostro de tierra, el cuerpo de tuca, la palabra piedra pómez. Tenía algo también de costa, de acantilado, de cetáceo, porque su país es muy estrecho, pugnado por dos océanos.
Lo conocí hace muchos años y entendí cuando lo conocí su radiante celebridad, punta visible de una sencillez áspera. Era un manojo de hombres ese hombre, y todos se le notaban. El peón, el zapatero, el tractorista. Sobre su inconcluso segundo año de bachillerato había construido un mundo humano que empezaba en la tierra y terminaba en la conciencia. Estábamos persuadidos de que era de verdad. Por eso era amado, popular como un partido de fútbol. Su casa lo mismo que si casa podía ser la plaza de cualquiera de las ciudades de Costa Rica, o un restaurante o la calle. Era amado diariamente, estaba clasificado por el amor de su pueblo.
Sería pueril creer que el cariño que despertaba entre los costarricenses se originaba nada más en el hecho de la extraordinaria difusión de su obra literaria en el ámbito internacional. Era algo más hondo y también más vasto. Carlos Luis reproducía de un lado lo costarricense neto, en una democracia rural su validez de campesino, su contacto espontáneo con quienquiera y el don que tenía de contener como representadas y siempre evidentes humanas de su pueblo. Como hombre mostraba claridad en la calidad y sus actos revelaban que creía. Su firma -la firma de un hombre sin dinero, de un hombre comunista, de un hombre que fue acusado una vez de ladrón de cosas más tentadoras, como la sangre, el dinero, la palabra - fue considerada como una garantía más que suficiente por un gran negocio hotelero en resguardo de una deuda difìcil que él no había contraído ni originado. Su firma era tan nacional que lo conocían los futbolistas, no así como si fuera un nombre que resuena lejanamente en periódicos, sino en detalle, como la marca de un cigarrillo, Calufa, que vive en Alajuela. El poderoso epíteto que en lo polìtico lo definía no se malversaba en estas apreciaciones cotidianas y decisivas del trato, del saludo. Yo quisiera saber cuántos costarricenses ignoraban que vivía en el barrio La Agonía, que había trabajado como peón de la Bananera. Era un retrato de todos. Una imagen colectiva. En el amor popular había encontrado su objeto sentimental. Costa Rica no tenía su ídolo en un cantante de boleros, en un futbolista, sino en un costarricense que estaba presente en todos de una manera positiva. No era afecto coronado por la red de radio y televisión y por sonido callejero. Se trataba de un afecto excepcional y silencioso, el mismo que dispensamos a los objetos entrañables que son nuestros.
Conocí a Calufa, si mal no recuerdo, en 1950. Estaba en la esquina del cine Raventós, en el parque Central de San José. Yo andaba acompañado de un amigo reciente, vendedor de productos textiles. Movió el índice. Ese que está parado en la esquina, de sombrero, es Calufa.
El episodio, entendido y ampliado en su diamante, registra el concepto que las gentes de su tierra se habían formado de él. Era un concepto de amor muy grande, un homenaje que todos los días recibía Carlos Luis Fallas como una gimnasia nacional del corazón. Hubo excepciones inexplicables, o demasiado explicables. Personas de tinta y papel no quisieron otorgarle al más grande escritor de Costa Rica, poco antes de una muerte de inevitabilidad no se dudaba, el premio nacional de literatura, se lo hicieron compartir, como para enterarlo, de que, aun cuando célebre y distinguido por su pueblo, le faltaba cumplir un requisito. La reacción de su patria ante el fallo fue, a cambio, un homenaje más selecto que el premio. Luego, el gran premio nacional se le dio desde el día de su muerte hasta la hora de su entierro: sus enemigos políticos y sus enemigos de guerra, aquellos contra los que peleó en la Asamblea Legislativa, en los campos electorales, en los periódicos, en los mitines y con el fusil en la revolución de 1948, le montaron guardia de honor y lo acompañaron al cementerio. Los hombres de armas que le fueron contrarios reconocían que como soldado nunca dejó de ser hombre, y esto, en un país ha repudiado históricamente el ejército, prohibiéndolo, es un mérito que no se discute. Él fue el héroe de dos bandos que no supieron evitar ser meramente soldados.
Desde sus tiempos de zanja, agua y pala leía mucho, las grandes novelas, en los campamentos de los trabajadores. Los trabajadores salían del barro a dormir, echados por el cansancio. Él, aligerado por la vocación, seducido, leía un par de horas o hasta tocar la medianoche. Esto lo salvó definitivamente, de que la zoología cotidiana impuesta por un trabajo terrible le impidiese ser hombre. Nacer hombre no basta para ser hombre, esto sí que lo supo a tiempo, pero no de pronto, ni desde el comienzo. Ello es lo cierto que un buen día, como se dice, y él me lo ha contado estaría en sus veintidós o veintitrés años cuando midió en toda su cuenta lo que significaba ser peón, palero, notó su brutalización, la de otros. No es que pensara que aquello no era vida, sino que aquello no debía ocurrirle a nadie. Ron, enfermedades, heridas, leyes cortas, tiempo sucio y la locura miserable de una juventud clínica, y de ua peor moneda posterior. Acabaría a cuatro patas, y con otra cabeza.
No se le hizo tarde en determinar. Entendió lo que debía entender y avanzó entonces a pie de su razón. El mundo había que medirlo, anotarlo y tomarlo, desde fuera de la zanja. Fuera de la zanja es donde estaba el mundo. Ya nunca dio media vuelta, marchó a fondo, Fue leal a todas las zanjas. Se convirtió en un luchador sin manchas intelectuales, su razón tenía una sola superficie, y aquí su voluntad y su inteligencia tuvieron su imaginación y su libertad. porque manejó primero la pala que la pluma no se contaminó de metafísica y ajetreos líricos como tesis y espasmos acera de lo que tanto interesa, la verdad del hombre. La irracionalidad para él equivalía a inmoralidad, si le era planteada como método o arte. No se pronunció en vano. Se sometió a pruebas. Darío, Donde debía sonar el ritmo de Darío, no sonaba, superpuesto como estaba el ritmo de su antigua pala, y donde la idea de Darío significaba viejos servicios, patrimonios desacostumbrados. ¿Qué era aquello, aquellos predicados evadidos del hombre natal? Pensaba que hacía falta una nueva civilización engrandecida por las categorías del hombre sin demiurgos. Otra civilización para la poesía. O sea, donde el poeta no se atuviera tanto a su imaginación y fantasía, infladas por espiritualismos y adocenamiento de valores y degollación de la vida, y se situase en la fantasía y en la imaginación mucho más rica de la realidad, la fuerte realidad, que tiene todos los colores, todos los gustos, todas las posibilidades, todas las intenciones y el espíritu. Yo también he pensado con bastante frecuencia que si el lenguaje es para con uno mismo, entonces no es lenguaje, sino una oración, y uno, una mónada.
Tenía razón. Esto me queda.
“Medallón de Calufa”, Antidio Cabal. Cultura Universitaria, Universidad Central de Venezuela, n.º XCI (abril-junio de 1966), pp. 51–54.
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