Hay nombres que resisten al tiempo. Nombres que no se apagan, porque están tejidos en las luchas, en el arte, en las ideas que empujaron al país hacia adelante. Las beneméritas de la Patria pertenecen a esa memoria que no debería archivarse, sino respirarse: una memoria viva que Costa Rica aún está aprendiendo a escuchar.
El pasado 21 de julio, en la Asamblea Legislativa, sus historias volvieron a pronunciarse en voz alta. Pero los homenajes —como advierte la académica Macarena Barahona Riera— no se sostienen en los actos solemnes. Se sostienen en lo cotidiano: en nombrarlas, en estudiarlas, en dejar que sus vidas dialoguen con el presente.
Porque ellas no solo destacaron: incomodaron, abrieron grietas, cambiaron el rumbo.
Desde las aulas, algunas sembraron ideas que transformaron generaciones enteras. Luisa González Gutiérrez enseñó a leer el mundo con mirada crítica, mientras escribía y militaba con la convicción de que la palabra también es una forma de lucha. Emilia Prieto Tugores, por su parte, dibujó verdades que muchos preferían no ver: denunció el machismo, la desigualdad y la hipocresía social con una obra tan lúcida que, durante años, fue silenciada.
Otras convirtieron la experiencia en arte y el arte en memoria. Virginia Grütter Jiménez, atravesada por la guerra y el desarraigo, escribió desde la herida y la resistencia, dejando una obra donde el dolor no paraliza, sino que revela.
Hubo también quienes tendieron puentes duraderos. Manuela Tattenbach Yglesias llevó el conocimiento más allá de las aulas, acercándolo a comunidades enteras a través de la palabra compartida. Carmen Naranjo Coto transitó con naturalidad entre la literatura y la función pública, abriendo espacios donde la cultura se volvió política y la política, una forma de servicio.
Cada una, a su manera, rompió algo establecido.
Yolanda Oreamuno Unger desafió no solo la forma de narrar, sino la forma de mirar a las mujeres, exponiendo tensiones que su época apenas se atrevía a nombrar. Mucho antes, Pacífica Fernández Oreamuno ya había inscrito su presencia en la historia nacional, participando activamente en la construcción simbólica del país.
En la ciencia y la acción social, otras luchas tomaron forma. Adelaida Chaverri Polini defendió los ecosistemas cuando aún no se hablaba de urgencia ambiental. Anna Gabriela Ross González impulsó una visión de salud pública centrada en la prevención y la dignidad. María Teresa Obregón Zamora y Ana Rosa Chacón González llevaron la demanda de derechos políticos desde la calle hasta las instituciones, abriendo puertas que habían permanecido cerradas durante décadas.
Y en el arte, Olga Espinach Fernández y Mireya Barboza Mesén hicieron de la cultura un espacio de creación, pero también de resistencia y formación, sembrando una herencia que todavía se mueve, respira y se transforma.
Distintas épocas, distintos lenguajes, un mismo pulso: la convicción de que el país podía —y debía— ser distinto.
El rector de la Universidad de Costa Rica, Gustavo Gutiérrez Espeleta, lo plantea como una deuda histórica que empieza a reconocerse. Pero reconocer no basta. Nombrarlas en los libros, llevarlas a las aulas, integrarlas en la conversación pública: ahí comienza el verdadero homenaje.
Porque estas historias no están cerradas.
Siguen latiendo en las preguntas que aún incomodan.
Siguen vivas en cada derecho conquistado.
Siguen abriendo camino.
Y nos recuerdan, con una claridad imposible de ignorar, que el país que habitamos también fue imaginado —y construido— por ellas.
Nota:
Las entrevisté en sus espacios más propios: en oficinas llenas de papeles, en salas silenciosas, en casas de madera con puertas abiertas donde el tiempo parecía detenerse para escuchar.
Aún puedo ver a Luisa González Gutiérrez en Barrio México. Serena, firme, con una militancia que no necesitaba alzarse para imponerse. Defendía a “los de abajo” con una convicción que se respiraba en cada palabra. Su biblioteca era un universo. Y al despedirse, siempre había un gesto: un libro, una revista, un periódico doblado bajo el brazo… como quien entrega pan fresco para el camino de regreso.
Después estaba la voz. La de Virginia Grütter Jiménez. Intensa, vibrante, imposible de ignorar. Era, sin exagerar, un vendaval de justicia en movimiento. Su palabra no pedía permiso: irrumpía. Y su poesía —honda, desgarrada— dejaba huella.
Y luego, la aparente fragilidad que escondía una fuerza inmensa: Emilia Prieto Tugores. Menuda, sí, pero gigante en pensamiento y creación. Con ella escuché por primera vez palabras que después se volverían indispensables: machismo, conciencia, vanguardia, pueblo, desigualdad. Conceptos que no solo nombraba, sino que vivía. En sus conversaciones, el mundo se volvía más claro… y también más urgente.
A Carmen Naranjo Coto no solo la entrevisté: tuve el privilegio de tenerla como profesora, mentora, presencia cercana. La conocí siendo casi una muchacha, en un curso de verano, cuando el país empezaba a volverse para mí algo más que un territorio: una historia que aprender a querer. Ella encarnaba esa historia con una elegancia natural, moviéndose entre la literatura, la gestión cultural y el pensamiento crítico. Dejó marcas profundas: en el aula, en sus artículos, en instituciones como el Museo de Arte Costarricense y el Ministerio de Cultura.
También está en mi memoria la sencillez luminosa de Mireya Barboza Mesén. Desde la danza, nos enseñó a mirar hacia el Caribe y reconocer en él una grandeza que muchas veces pasa desapercibida. Su escena era celebración, pero también afirmación cultural.
Y cómo no recordar a Manuela Tattenbach Yglesias, cuya labor en el ICECU llevó el conocimiento más allá de las fronteras, convirtiendo la educación en un puente que unía comunidades a lo largo del continente.
Ayer, el país pareció moverse con otra intensidad. Desde las curules, entre discursos y reconocimientos, se abría espacio para estas mujeres que marcaron la literatura, la ciencia, la salud pública, las artes y la política. No era solo un acto: era una afirmación.
Porque, al final, somos también el resultado de sus luchas, de sus ideas, de su coraje.
Somos parte de esa patria viva —profunda, digna— que nadie podrá manchar.

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