Chingolo.
Chincol.
Cachilo.
Copetón.
Pichitanca,
comemaíz,
chesy hasy,
afrechero,
pinche,
pirrís.
Tantos nombres
para un cuerpo mínimo
que irrumpe
como una sed.
¿Quién te llamó
gorrión?
No es tu nombre.
Pero chillas.
Chillas
como si el mundo
te debiera agua.
¿Dónde me encuentras?
¿En qué grieta
de la mañana?
Apareces
como si un dios
te soplara
desde adentro.
Pequeño.
Tan pequeño
que cabrías
en la sed
de una hoja.
Y sin embargo
creces en el bosque,
en los patios,
en la grieta tibia
de los territorios
menos salvajes.
Ven.
Rodea mi aire.
Respira mi sombra.
Pero esa sed…
esa sed que aprieta
como una mano invisible…
no vuelvas.
Estira.
Huye.
Abre el relámpago
de tus alas.
Busca la fruta.
La planta.
La mínima gota
donde el rocío
se esconde
de la luz.
Sed.
Sed.
Sed.
Misericordiosa
sed.
Ve al amanecer
donde el aire todavía
está húmedo
de mundo.
Desaparece
de mi memoria.
Tu sombra
es más pequeña
que una pestaña
azul
estirada.
Vete.
Vuela.
Vive.
Vaga.
Habita un lugar
donde mi alma
no aprenda
tu camino.
Yo espero
otro.
Un gorrión
rojinegro.
Callado.
Uno
que no traiga
esta sed.
No regreses.
Alcanza el cénit
de los arreboles
de invierno.
Quédate allá
donde el cielo
se enfría.
¿Congelas tu tiempo
para que vuelva
a encontrarte?
No.
Libérame
de tu sonido.
Ni siquiera
el canto del cóndor
te pertenece.
Y sin embargo
te llevo
tatuado en el aire,
en los huecos
donde respira
la sangre.
Erika Henchoz
